La Materia oscura: La misteriosa sustancia que constituye la mayoría de nuestro universo

Las últimas décadas han iniciado una era asombrosa en la ciencia de la cosmología. Una variada gama de mediciones de alta precisión nos ha permitido reconstruir la historia de nuestro universo con notable detalle.

Pero a pesar de estos logros considerables, queda mucho más por aprender. Los descubrimientos realizados en las últimas décadas han suscitado tantas incógnitas como respuestas. Una de las más desconcertantes es sobre de qué realmente está formado nuestro universo.

Las observaciones cosmológicas han determinado la densidad media de la materia en nuestro universo con una precisión muy alta. Pero esta densidad resulta ser mucho mayor de lo que se puede explicar con los átomos ordinarios.


Después de décadas de mediciones y debates, ahora tenemos una razonable confianza en que la abrumadora mayoría de la materia de nuestro universo -alrededor del 84 por ciento- no está compuesta de átomos, ni de ninguna otra sustancia conocida.

Aunque podemos sentir la atracción gravitacional de esta “materia”, y claramente decir que está ahí, simplemente no sabemos qué es. Esta cosa misteriosa es invisible, o al menos casi invisible.

Por falta de un nombre mejor, lo llamamos “materia oscura”, pero nombrar algo es muy diferente a entenderlo.


Durante casi tanto tiempo como hemos sabido que la materia oscura existe, los físicos y astrónomos han estado ideando maneras de tratar de aprender de qué está hecha.

Se han construido detectores ultrasensibles, desplegados en minas subterráneas profundas, en un esfuerzo por medir los débiles impactos de partículas individuales de materia oscura cuando chocan con los átomos.

Para intentar entender la complejidad de esto, es como intentar reconstruir la forma de una llave solo escuchando el sonido que hace al entrar dentro de una cerradura. Más que un simple reto para cualquier cerrajero profesional.


También se han construido telescopios exóticos – sensibles no solo a la luz visible sino a los menos conocidos, infrarrojos, ultravioleta y rayos gamma – para buscar la radiación de alta energía que se cree que se genera a través de las interacciones de las partículas de materia oscura.

En muchos sentidos, ahora sólo tenemos preguntas más abiertas que hace una década o dos. Y a veces, puede parecer que cuanto más precisamente medimos nuestro universo, menos lo entendemos.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, los físicos teóricos de partículas fueron muy exitosos en predecir los tipos de partículas que se descubrirían a medida que los aceleradores se volvieran cada vez más poderosos. Fue una carrera realmente impresionante.

Pero ésta era dorada parece haber llegado a su fin – las partículas largamente pronosticadas asociadas con nuestras teorías favoritas y más motivadas se han negado obstinadamente a aparecer.

Quizás los descubrimientos de tales partículas estén a la vuelta de la esquina, y nuestra confianza pronto será restaurada. Pero ahora mismo, parece haber poco soporte para tal optimismo.

En respuesta, multitud de físicos están volviendo a sus pizarras, revisando y revisando sus suposiciones. Con egos heridos y un poco más de humildad, están intentando desesperadamente encontrar una nueva forma de darle sentido a nuestro mundo.